INICIATIVAS

31/1/15

¡Hola chicos! Hoy os traigo algunas iniciativas en las que participaba y otra a la que me he apuntado hoy ;P

En primer lugar, la iniciativa BLOGS ALIADOS administrada por el blog Memorias sin título. Consiste en una iniciativa vía Whatsapp en la cual participamos varios blogs literarios. En el grupo se habla de temas sobre todo literarios, pero de más cosas también ^^ Son todos muy simpáticos, ¿a qué esperas para apuntarte? ;P



La segunda iniciativa es COLABORA CON UN BLOG administrada por el blog Refugiada entre libros. Consiste en que la administradora empareja a dos blogs en cada ronda y entre ellos deciden realizar una lectura conjunta (o una película, cómic, serie… la idea es compartir algo con otro blog), además de hacerse una entrevista, comentarse, ayudarse… Bonita, ¿verdad? :)




Después, la iniciativa +1 del blog Pétalos de un libro la cual consiste en seguir y ser seguido :) Estupenda para blogs que están creciendo :) Consiste en que a través de la imagen los blogs se van dejando comentarios para seguirse unos a otros.






Y, por último, tengo que hablar de mis chicas de CADENA DE COMENTARIOS administrada por el blog Entre libros y tintas. Y es que no es solo una iniciativa, sino una gran familia maravillosa que me he encontrado por estos lares :) También tenemos un grupillo de Whatsapp en el cual hablamos de literatura… pero también compartimos nuestras locuras xD




¡ANIMAOS A PARTICIPAR!


Por último adelantaros que estoy maquinando la primera iniciativa literaria de Katherina ;P En la cual tendrán cabida todos los blogs amantes de las letras. Estad atentos ^^

P.D: No os olvidéis de votar en la encuesta para proponer el próximo tema de historia larga ;P

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Enmascarada: Amores y venganzas (VI)

30/1/15

Día décimo. Último día del carnaval. A pesar del cansancio que suponía estar de fiesta en fiesta durante más de una semana, todos los habitantes esperaban esa noche con gran ansia. Había una actuación en directo de algunas principales compañías de teatro y ópera italianas.  Y, después, solo algunos privilegiados lo conocían… Era la noche de las sorpresas y todo el mundo deseaba saber qué se había preparado para aquel año.

Esta vez, Valeria optó por un vestido de color rosa palo y una máscara blanca. Estos colores acentuaban la palidez de su piel y realzaban el color de sus ojos y el dorado de su cabello.

Bianca había pasado la mayor parte del tiempo con ella, desde que Sandro le había propuesto asistir a la boda de su hermano con él. Incluso, alguna noche se había quedado a dormir con ella, pues las pesadillas se fueron volviendo cada vez más intensas. El verde y el gris parecían perseguirla constantemente .Intuía su significado, pero jamás hubiese imaginado todo lo que estaba por venir...

-       Valeria, ¿no bajas al salón? – preguntó Bianca. Valeria estaba sumida en sus pensamientos, mirando por la ventana de su habitación cómo cientos de personas entraban en el palacio.
-       Claro, ahora mismo voy – contestó.
Bianca se acercó a ella y la abrazó por detrás. Entonces, preguntó:
-       ¿Buscas a alguien? – y tras esas palabras, notó cómo el cuerpo de su amiga se tensaba. Eso confirmó su suposición. Bianca sonrió, Valeria para ella era un libro abierto. La conocía demasiado bien. Tan bien que sabía que no conseguiría que hablase hasta que ella misma no acudiese a contárselo. – Vamos, todos te esperan.

Y así lo hicieron. Recorrieron el amplio pasillo hasta llegar a las escaleras que descendían hasta el gran salón. Las dos amigas fueron bajando los escalones poco a poco. Valeria iba ralentizando su paso al ver a sus padres hablando con Sandro. Entonces, éste dirigió su mirada hacia ella, desde los pies hasta la cabeza, muy lentamente. A Valeria le recorrió un escalofrío a lo largo de toda su espalda. Cada vez le incomodaba más aquella situación. Bianca se percató de aquello, así que le agarró de la mano y tiró de ella.

-       ¡Mira quien está ahí! – exclamó – ¡Martha! Vamos a saludarla.

Y, de ese modo, se perdieron entre la multitud. Aunque no pudo ocultar a su amiga durante mucho tiempo. Iba a comenzar la actuación y Sandro las pilló totalmente desprevenidas. Sus movimientos se asemejaban al de las sombras.

-       Valeria, va a comenzar la función – le dijo. Ella se sobresaltó, pues se lo dijo casi al oído. – Es un momento muy importante para mi hermano, ha desempeñado un gran esfuerzo a lo largo del año para que hoy salga todo perfecto. Me gustaría que me acompañases.

En ese momento recordó la conversación que había escuchado días antes entre Silvio y Beatrix. El menor de los Lo Greco estaba sumido en aquel mundo del arte y la cultura.

-       Claro que te acompañará, Sandro – se entrometió su madre, que había aparecido de repente. – Hemos reservado la primera fila para todos nosotros. Entremos, no querréis llegar tarde…

Valeria, sin pronunciar palabra, siguió a su madre hacia otro de los numerosos salones del palacio. Aquel que se había preparado exclusivamente para el espectáculo. Sintió cómo la mano de Sandro se iba apoyando poco a poco en su espalda, atrayéndola hacia sí. Por fin llegaron a sus asientos, lo cual impuso cierta distancia entre ellos. Valeria estaba cada vez más nerviosa. Bianca se había sentado detrás de ella, junto con otras jovencitas aristócratas. Sabía que estaba pendiente de ella y, sobre todo, de Sandro.

Las luces se apagaron y dio comienzo la función. Valeria estaba muy tensa, estudiando los movimientos de su acompañante. Tenía las manos sobre su regazo, jugando con la tela de su vestido. Aunque tenía la vista clavada en los artistas, no podía estar quieta en aquellos momentos.  De pronto, Sandro aproximó su mano a las de ella. Se había percatado de que estaba nerviosa. Percibió en él un intento de tranquilizarla, aunque no se dio cuenta de que su contacto la alteraba aún más.

La obra de teatro se la antojó eterna. Al parecer, era una comedia, aunque todos reían excepto ella. Y Sandro, por supuesto, quien mantenía su semblante serio. Al finalizar, todos aplaudieron. Valeria imitó ese gesto, con el fin de encontrar una excusa que le permitiese zafarse de aquellas frías manos. A continuación, todo oscureció y una soprano comenzó a entonar una hermosa melodía. Todo el mundo enmudeció, se hizo el silencio más absoluto. ¿A quién pertenecía aquella voz? La joven se fue acercando poco a poco a la luz natural que entraba por la ventana. Cuando la reconocieron, exclamaciones se oyeron en toda la sala. Era Beatrix Parisi. Su voz era tremendamente hermosa, nada que ver con las demás cantantes profesionales que habían escuchado en innumerables ocasiones. 

Fueron encendiendo las velas, y todo volvió a ser iluminado, incluida ella, la responsable de haber cautivado a todos los espectadores. Valeria vio a Silvio Lo Greco sonriendo en una esquina ante su palpable éxito. Cuando terminó aquella maravillosa canción, no se escuchó ningún aplauso… Todos estaban embelesados, con los ojos como platos, observándola. Fue su propio padre quien, entre lágrimas de emoción, se levantó y se acercó poco a poco a ella hasta que, al final,  terminaron ambos llorando enredados en un gran abrazo. Fue aquel momento en el cual fuertes aplausos hicieron temblar la sala. Fueron unos instantes realmente emotivos.

-       Valeria, busquemos a tu hermano. Seguro que está con los pelos de punta – dijo Bianca quien, astuta, cogió de la mano a su amiga y la arrastró hacia la salida, no sin antes ser fulminada por la mirada de Sandro.

Salieron del salón buscando a Natael entre aquella multitud de gente enmascarada. Finalmente, lo encontraron en el gran salón. Estaba totalmente inmóvil mirando hacia el pasillo del que salía todo el mundo. Las amigas esperaron en una esquina, pues, Beatrix entró en ese momento, mirando a su futuro marido, buscando algún signo de aprobación en su rostro. Pero él seguía estático. Se volvió a hacer el silencio, todo el mundo estaba presenciando aquella escena. Entonces, comenzó a andar hacia ella, con paso firme y los ojos clavados en los suyos y cuando llegó a su altura, sus manos buscaron su rostro y la dio un beso realmente apasionado. El salón estalló en un grito de júbilo y aplausos.

-       Vaya, parece que le ha gustado – dijo Bianca riendo – y también parece que me equivoqué con respecto a ella…

Pero no pudo terminar de hablar, porque Sandro volvió a aparecer por arte de magia.

-       Ha sido un maravilloso espectáculo, ¿verdad? – preguntó mirando a Valeria.
-       Sí, muy emotivo.
-       Tu hermano tiene suerte de haber encontrado al amor de su vida… - indicó, y su mirada en ese momento pareció arder.

En ese instante, una voz familiar sonó a espaldas de Valeria.

-       Buenas noches, señoritas… Señor… - Enzo había vuelto. Esta vez tenía una máscara mucho más grande que la anterior, aunque seguía siendo de color negro.

-       ¡Enzo! – sonrió Valeria, sin poder evitarlo. – No te había vuelto a ver desde…
-       Desde la noche de las luces, sí, he tenido ciertas complicaciones… - dijo sonriendo y mirando fijamente a Sandro.

Los ojos de Sandro se oscurecieron y sus pupilas se dilataron. La vena del cuello se comenzó a hinchar y su mandíbula se endureció. Parecía increíblemente enfadado. Pero, ¿por qué?

-       Valeria, ¿te gustaría que diésemos un paseo por el jardín? Creo que ahora comienzan los fuegos artificiales. – la propuesta de Enzo hizo brillar los ojos de la joven, quien asintió con una sonrisa, aunque notó una mano firme agarrándola el brazo. Sandro la tenía sujeta sin apartar la vista de Lorenzo.
-       Creo que no es buena idea. La noche se ha levantado fría, no querrás ponerte enferma – añadió Sandro, que seguía observando a su objetivo.
-       Sandro, no pasa nada. Me apetece ver los fuegos artificiales. – le dijo y, al ver que seguía inmóvil añadió - ¿serías tan amable de soltarme el brazo?
Sandro la soltó muy a su pesar. Bianca aprovechó para agarrarle del brazo y comenzó a parlotear. Cuantísimo la quería – pensó Valeria. Enzo la dirigió hacia el jardín y los fuegos artificiales comenzaron a gobernar el cielo. Aunque Valeria seguía pensando… ¿a qué había venido aquel enfrentamiento?




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SEGUNDO PREMIO con mi relato ¿CREÉIS EN LA MAGIA?

29/1/15

¡Hola a todos! ¡Hoy traigo una gran noticia!


¡¡¡Me congratula anunciaros que he resultado ganadora en el segundo puesto en el concurso de relatos navideños de Las vigilantes de sueños!!! 

¡¡¡Muchas gracias chicas!!! 

El concurso consistía en escribir un relato navideño que hiciese referencia a una o varias fotos propuestas por el blog de las vigilantes.

Aquí os dejo el relato, a ver qué os parece ^^


Nueva Navidad. Como de costumbre, mis padres y yo alquilábamos una cabaña en la montaña. Mi ciudad está situada en una especie de valle, rodeada de montañas. Un lugar perfecto para pasar la Navidad. El blanco predomina siempre sobre cualquier otro color. La ciudad se ve a lo lejos blanca también. Siempre he adorado ese paisaje.

Faltaban dos días para Navidad. Había cogido la costumbre desde joven de ir por las mañanas temprano al restaurante, pedir un chocolate caliente para desayunar y leer algún libro. Aunque cada año había más gente en aquel parador y muchas veces me quitaban el sitio bueno, la mesa situada al lado del ventanal, donde se veía la ciudad bajo el valle, rodeada de las montañas nevadas.

Esa mañana me pasó algo especial. Yo estaba sumida en mi lectura cuando entró un chico y se sentó en la mesa que estaba enfrente de la mía. Parecía tener más o menos mi edad. Era bastante guapo. Y, para mi sorpresa, pidió un chocolate y sacó un libro de la mochila. Dejó el abrigo en la silla contigua y comenzó a leer. Entonces, lo vi, un fragmento de un globo cayó al suelo del bolsillo… Y comencé a recordar… me levanté de mi mesa y me fui acercando con la mirada fija en aquel trozo de látex color verde…

Regresé quince años atrás… A mis navidades de los 7 años… Estaba jugando con una pelota en el porche de aquella casita de madera mientras mis padres hacían la cena. Siempre me gustó el olor a las galletas de Navidad que mi padre nos hacía para la cena de Noche Buena.  Lo podía oler desde allí y siempre se me hacía la boca agua. Pero “tendrás que esperar a después de cenar”… solía decirme mi padre. Yo ponía cara de enfadada pero mi padre reía y terminaba dándome un beso.



Así que allí estaba yo… Jugando con una pelota mientras oía un concierto de sonidos en mis tripas.  Seguí jugando, pero di un golpe demasiado fuerte y el balón se me escapó. Le vi bajar rodando a gran velocidad por el camino que subía a la cabaña. Unos segundos después, bajé corriendo las escaleras del porche y me dirigí al camino por donde había rodado mi pelota. Ni siquiera intenté no resbalar con la nieve que había en el suelo. Simplemente, corrí.

La pelota bajó hacia el parador, donde solíamos desayunar. Pues las vistas a la ciudad eran preciosas desde allí, sobre todo desde la cristalera del restaurante. Pero eran las vísperas de Navidad, y todo estaba cerrado. No había nadie por allí. Apenas había luz…

-          ¿Esto es tuyo? – dijo una voz detrás de mí.

Me di la vuelta y vi a un hombre. Pero ni él ni la pelota que tenía en una mano me llamaron la atención, sino en un ramo de globos de todos los colores que tenía recogido en la otra y ascendían sobre su cabeza. Me quedé mirando aquellos globos, sus colores vivos… Demasiado tiempo.

-          Niña… ¿te encuentras bien?
-          Eh… Sí claro. La pelota es mía, gracias. – contesté aún mirando aquellas esferas flotantes.

Entonces aquel señor me devolvió la pelota con una sonrisa y un gesto extremadamente cariñoso. Y, sí, sé que no hay que hablar con extraños. Sé que mis padres me lo repetían una y otra vez. Sé que un hombre solo por la noche debería hacerme sospechar… Sé que en aquel momento debí darme la vuelta y volver a la cabaña. Conocía los riesgos de no hacerlo. La teoría me la sabía. Sin embargo… la curiosidad ganó la batalla en aquella ocasión (y en algunas otras más, pero eso ahora no viene mucho a cuento).

El hombre dio media vuelta despacio y se fue aproximando a la terraza del mirador. Junto con sus magníficos globos. Yo le seguí en silencio y…

-          ¿Para quién son esos globos? – terminé preguntando.

El hombre se sobresaltó, me miró y comenzó a reír.

-          Son para la gente de la ciudad, chiquilla.
-          Entonces… ¿es un regalo?
-          Bueno… podría decirse que es algo así, sí.
-          Usted es… ¿Santa Claus?

El hombre volvió a reír. Ahora lo pienso y, sí, yo también me hubiese reído si una niña de casi ocho años me pregunta si soy Papá Noel… Pero en su momento, no me hizo nada de gracia…

-          No, yo no soy Santa Claus – respondió cuando terminaron sus graves carcajadas.

Yo le miré, incrédula… Estaba bastante confusa. ¿Quién en su sano juicio estaría en un mirador, solo, en Noche Buena, con un puñado de globos de colores? Él pareció percatarse de aquello, se agachó para ponerse a mi altura y terminó contándome su propósito. Era un señor con el pelo y la barba canos, y unos ojos grises muy intensos rodeados por algunas arrugas de expresión.

-          Verás, yo vivo en la ciudad, y este año me he dado cuenta de que la gente… A ver cómo te lo explico… Las personas mayores van dejando poco a poco de creer en la magia. – me dijo.
-          ¿En la magia de la Navidad? – pregunté, curiosa.
-          En la magia en general, la magia de la vida, la magia del día a día – entonces no comprendí del todo a lo que se refería… - así que me he propuesto este año devolver algo de magia a mi ciudad, a mis vecinos, a gente que conozco y a otros que no tanto.
-          ¿Les va a regalar globos?
-          Sí, pero no son unos globos cualquiera…
-          ¿Tienen magia? – pregunté entusiasmada.
-          Algo así… - el hombre se levantó y pareció dudar unos instantes. Al final, me tendió un globo y yo lo cogí, algo desconfiada.
-          Tú serás mi cómplice, ¿de acuerdo?
-          Y ¿qué hacen los cómplices? – el hombre sonrió.
-          Observa

Entonces, el hombre abrió la mano y dejó volar los globos, dirección a la ciudad. Se fueron distribuyendo por el aire, acompañados de pequeños copos de nieve. Cada vez se iban haciendo más y más pequeños, aunque sus colores destacaban sobre la blancura del paisaje.

-          Ahora tan sólo deberás prometerme algo – me dijo, mirándome a los ojos - cuando llegues a casa encontrarás la magia dentro del globo, haz caso a la magia, y acuérdate siempre de ella. Está ahí, aunque no la puedas ver. Y cada uno de nosotros, puede hacer magia cuando se lo proponga. Es más, si alguna vez la magia te encuentra, déjate llevar por ella.

Tras despedirnos, y darle las gracias por la “magia”, corrí de nuevo a casa. Quería llegar cuanto antes. No me di cuenta de lo exhausta que estaba tras subir el camino. Mis padres seguían en la cocina. Subí corriendo a mi habitación y dejé el globo encima de la cama.

Lo estuve mirando mucho tiempo. Los fui escudriñando desde varios ángulos, di vueltas a su alrededor, pero no encontraba la magia. Yo, ingenua, esperaba polvos de hadas o estrellas… pero ahí seguía, un simple globo. Era de color rosa. Muy bonito. Pero sin rastro de magia… entonces recordé sus palabras: “encontrarás la magia dentro del globo”.
“¡Claro! ¡Dentro del globo!” pensé. Lo cogí y fui estrujando con todas mis fuerzas, hasta que explotó. Y, entonces, cayó en el edredón un pequeño papelito, (nada de polvos mágicos) lo cogí, y lo leí despacio, pues aún me costaba un poco:

La magia ha llegado a ti. Pero no ahora, sino en los pequeños momentos de tu día a día. Sonríe. En las sonrisas se encuentra la verdadera magia… Sé magia.

¿Y ya está? Pensé. Igual, la magia estaba en el papel… así que, lo doblé con cuidado y lo metí en mi cajita del tesoro. No era un cofre como el de los piratas, con miles de joyas y monedas de plata… pero mi madre me la regaló y dijo que era para guardar las cosas importantes. Así que, siempre la llevaba en mis viajes. Y allí guardé la magia. Ese bonito regalo que aún no había comprendido. En aquella pequeña cajita dorada a juego con el lazo que la adornaba. Me tumbé con ella en la cama y me sumí en un bonito sueño de hadas y bosques encantados, hasta que mis padres me despertaron para ir a cenar.


A la mañana siguiente, corrí a abrir los regalos que me había traído Papá Noel. Mis padres se sentaron conmigo y los abrimos juntos. Al lado del árbol. Hubo muchas cosas. Sin embargo, una me hizo especial ilusión. Era un álbum de fotos. En él había fotos de mis padres de novios, de su boda, mi madre embarazada y al final aparecía yo. Fotos y fotos de los tres juntos. No sabía cómo había conseguido Papá Noel algo así, pero fue mi regalo favorito. Lo estuvimos viendo al calor de la chimenea durante horas, recordando aquellos momentos familiares. Fue una bonita Navidad. Y yo lo había olvidado todo… Hasta la magia…


-          Perdona, ¿te encuentras bien?

Esas palabras me devolvieron a la realidad. El chico me estaba mirando, sorprendido. Yo estaba allí, de pie, a su lado mirando los restos de globo en el suelo. No sabía cómo había llegado hasta allí. Él seguía mirándome…

-          Se te ha caído algo… - dije señalando al globo.
-          ¡Ah! Sí, gracias – dijo, y se agachó para recogerlo y ponerlo en el cenicero de la mesa.
-          ¿Te puedo preguntar de dónde lo has sacado? – pregunté. (Soy un caso, lo sé).
-          Lo encontré ayer, entre las ramas de un árbol de mi jardín… - me dijo, extrañado. Estaría pensando que estaba chiflada, también lo sé.
-          ¿Tenía algo dentro? – me aventuré a preguntar. Entonces me miró con otros ojos.
-          Sí… Tenía un papel escrito… - Agarró su abrigo y buscó en los bolsillos hasta dar con la pequeña nota. La misma que ese hombre me ofreció hacía quince años. Me la enseñó, y me miró con mucha curiosidad, buscando respuestas.

Entonces, le conté mi historia. Estuvimos charlando sobre aquel hombre que quería regalar magia de forma anónima. Le hablé de lo mal que me sentía al haberlo olvidado. De haber roto su promesa. De haber dado de lado a la magia cuando cada día se me aparecía de formas distintas y no sabía apreciarla… Entonces, tres chocolates después, se nos ocurrió una magnífica idea.

Lo preparamos todo y dos días más tarde, fuimos al parador, en la víspera de Navidad. Por la noche. Cuando todos estaban en sus cabañas y apenas había luz en el parador. Esa noche había luna llena, creando una atmósfera… sí, mágica. Estuvimos allí, en aquella terraza desde que anocheció. Esperando su aparición. Y, finalmente, llegó. Con algunos años más a cuestas. Parecía muy mayor, aunque su mirada seguía siendo la más juvenil y pura que había visto.

Llegó con otro montón de globos sobre su cabeza. Y, cuando nos vio, allí parados, con más globos en nuestras manos, se sorprendió. Me acerqué a él y le susurré al oído…

-          ¿Qué hacen los cómplices?

Entonces, sonrió, se acordó de aquella niña que le confundió años atrás con Santa Claus. Sus ojos grises rebosaban de felicidad. Otro momento mágico... Le conté lo ocurrido. Que me había olvidado de la magia que me había regalado. Que de niña no lo supe entender, pero ya había comprendido. Le pedimos ser sus cómplices y accedió. Entonces, lanzamos aquellos globos que fueron descendiendo hasta la ciudad. Le prometimos, y esta vez de verdad, que cuidaríamos y daríamos forma a la magia. A la magia de las pequeñas cosas y los momentos no tan insignificantes. Y que, cada año, haríamos volar mensajes por el cielo, despertando corazones dormidos.

El hombre volvió sobre sus pasos, con una sonrisa difícil de borrar al haber encontrado sucesores de su legado. Al saber que su trabajo no había sido en vano. Y, Javier (el chico guapo del restaurante) y yo nos quedamos allí, bajo la tenue luz de la luna y de las estrellas, aprovechando esos momentos mágicos, esa complicidad y nueva unión predestinada. Vimos pasar una estrella fugaz, a la que pedimos un deseo… nunca dejar de creer en la magia.


Y, cada año, volvemos a aquel restaurante a tomar chocolate caliente mientras leemos en compañía.

Y, cada año, en las vísperas de Navidad, regresamos al parador con miles de globos que guardan un mensaje. Y, cada año, encontramos nuevos cómplices… Como un nuevo mago que nacerá pronto, fruto de nuestro amor y… magia





¿Y tú? ¿Quieres guardar momentos mágicos?








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