Ese extraño en mi cama

25/11/14


Y todo comenzó como un amor inocente.  Lo fue construyendo, paciente. Y ahora no lo ve, está ausente. Se enamoró con miradas furtivas, con su aliento, que le daba vida. Y todo resultó ser una mentira.

Se desvaneció su cuento de hadas. Su mirada, antes cálida, dio paso a la escarcha. Cuando la miraba entonces, mariposas revoloteaban. Ahora, en cambio, tiemblan sus entrañas. Sometida bajo su dominio, no encuentra resquicio de lo que entonces fue un amigo, un aliado. Vivir se ha convertido en un martirio. ¿Hasta cuándo?

Atada está con cadenas a un amor que ya no la llena. En silencio se doblega a su condena. Ella era una mujer bella, ahora tan solo una sombra de lo que fue, de lo que era.

Juró serle fiel y ella, ciega, confió en él. ¿Cuántos perfumes impregnaron sus sábanas? ¿Cuántas noches durmió sola en su cama? ¿Cuántas lágrimas quedaron envueltas en el susurro de las estrellas? Estrellas que la juzgaban desde allá arriba. ¿Qué hacer con ese hombre que aún la absorbía? Y él,  feliz, presumía de hombría entre copa y copa, mientras sus colegas le alababan y, más tarde, yacía con otra. ¿Hasta cuándo?

Llegando ebrio a altas horas de la madrugada, se recostaba en la cama, triunfal. Y, entretanto, la susurraba promesas sin cesar. Todo volverá a ser como antes. Pero, no te engañes, no puede amar a nadie. Sientes impotencia, pánico, miedo… Esa no es forma de amar, pero tiempos mejores vendrán, ¿verdad? ¿Hasta cuándo?

Los insultos marcan el día a día. Te humilla, te chilla y no puedes creerlo todavía. ¿Qué harías? El error es caer en la esperanza y el perdón. Los bonitos recuerdos te arrastran a la desesperación. Olvidar las ofensas, aguantar un poco más, aunque mañana todo volverá a comenzar. ¿Hasta cuándo?

Decidió plantarle cara, parece que no le agradó. El primer puñetazo en su rostro se instauró, pero el dolor más insoportable lo guardaba su corazón. Después todo se arregla con un simple abrazo, te conformas con un simple gesto pero… ¿Cuántas veces te ha obligado a guardar silencio? ¿Cuántas veces has llorado para tus adentros? ¿Cuántas palabras has chillado en secreto? ¿Cuántas veces te han hecho sangrar sus golpes eternos? ¿Cuántas veces te ha perdido el respeto?

Se va volviendo más y más agresivo. Tú no sabes qué hacer. Entierra tu belleza, tus sueños, tu inocencia a millones de kilómetros bajo tierra. No te puedes arreglar, no puedes gustar, no puedes buscar otra oportunidad. ¿Hasta cuándo?

Te atraviesa el alma con sus hirientes palabras. Moratones inundan tus ojos, tu cara. Sientes vergüenza. No quieres salir a la calle. No quieres que te vean, no necesitas que te ayude nadie. ¿Verdad?

El amor se convierte en odio. Los celos lo emponzoñan todo. Imágenes se graban en tu memoria, estás harta de que se repita la misma historia. ¿Hasta cuándo? Esos gritos grabados a fuego en tu espalda, acompañando a las cicatrices embestidas por espadas. ¿Hasta cuándo?

¿Cómo salir de la oscuridad, de la penumbra? Deja de llorar, pide ayuda. Abandona tu cautiverio, alza el vuelo, vive sin miedo.

No te rindas. No guardes silencio. Lucha por ti, por tu vida. Pasa página y termina el cuento. Deja que lleguen mejores momentos. Deja entrar a alguien que te entienda por completo. Déjate ayudar. No aguardes silencio. Pon punto y final. Puedes volver a comenzar. Siempre hay una salida, lucha por tu vida. Eres fuerte, eres valiente, eres inteligente, eres preciosa…

No dejes que sea demasiado tarde.

Aún estás a tiempo de volcar tus miedos en construir otro cuento.

“¿Cuántas veces te ha hecho callar? ¿Cuánto tiempo crees que aguantarás? ¿Cuántas lágrimas vas a guardar en tu vaso de cristal?”


“Si es con violencia, no es por amor”.




Sara.


Canciones de sirenas y piratas (II)

14/11/14

Llegué al arrecife, cansado de tanto nadar y esperé. Me sumergí en el agua y estuve buceando junto con todos los peces de colores que había. Además de estrellas de mar, corales y esponjas. Pero ni rastro de sirenas. Tras horas y horas de espera, buceé hacia la parte más profunda. Era una especie de túnel que acababa en unas cuevas. Al salir de ellas me encontré con una playa, nunca antes la había visto. La arena era tan fina que parecía polvo, y el agua era cristalina, diáfana.  Se podía ver a través de ella cada criatura marina que allí habitaba. Y ellas, allí estaban, a lo lejos. De todas las cosas que había oído de las sirenas ninguna se acercaba a lo que tenía ante mis ojos.

Había un grupo en el cual se peinaban unas a otras, adornando sus cabellos con corales y conchas. Parecían tremendamente coquetas hilvanando aquellas valvas en collares y pulseras. Otras jugaban a salpicarse en la orilla de la playa utilizando su majestuosa cola. Unas pocas estaban tendidas en la arena disfrutando del sol… Los rayos de Lorenzo parecían ser absorbidos por sus escamas produciendo colores del arco iris en sus aletas. Aquél cuadro no tenía nada de maligno o perverso. Me quedé allí, observando maravillado aquél festival de diosas.

Cuando advirtieron mi presencia se volvieron hacia el agua, rápidas. Cruzaban miradas unas con otras, recelosas. Entonces vencí a la curiosidad y decidí marcharme. Volví a salir al arrecife y nadé hasta la orilla de la playa. Y noté su presencia. Sus ojos hacían fuego mi nuca. Me volví y la miré. Y ella me miró. Aquellos ojos añiles se grabaron de nuevo en mi retina. Despacio me desarmé y fui entrando de nuevo en el agua con las manos a la altura de la cabeza. Cuando apenas nos separaban un par de metros la frase que estaba deseando decir se escapó entre mis labios. “Gracias por salvarme la vida”.

Algo en su mirada cambió. Un indicio de confusión. Y supe el por qué. Aposté a que nadie nunca les había agradecido rescatar a toda una tripulación. Pareció leerme la mente e inclinó su cabeza haciendo una breve reverencia sin apartar sus ojos de los míos. “¿Cómo te llamas?” – me atreví a preguntar. Entonces, se acercó a mí y me susurró su nombre al oído, su aliento era gélido, lo que provocó que se me erizara la piel. Y su voz… era delicada, dulce, melodiosa, atrayente… “Hereida”.

Hereida… Sin duda un nombre apropiado para una ninfa de las aguas. Cuando se alejó un poco parte de mí se quedó con ella. “¿Volveré a verte?” – pregunté, ansioso. Y ella sonrió y después se marchó. Y yo me quedé allí, mirando cómo el sol se ponía en el horizonte mientras su nombre se repetía melódico una y otra vez en mi cabeza. “Hereida” – susurré anhelante. Esa nueva palabra palpitaba en mis labios con fuerza, y también en mi corazón.


HEREIDA.



Sara.





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Canciones de sirenas y piratas (I)

6/11/14

Dicen que las sirenas son seres malignos y sin alma que utilizan su belleza para cautivar a los hombres. La dulzura de su canto seduce a los marineros. Lo utilizan como una hipnosis. Dicen que tienen una belleza inalcanzable y que cuando un hombre las mira a los ojos es hechizado. Dicen que suelen salir a la superficie cuando se acerca algún navío a entonar sus cantos en lo alto de las rocas, esperando atraer con sus voces celestiales los barcos hacia los arrecifes. Dicen que tienen el corazón de hielo. Dicen  que son incapaces de amar… Eso es lo que dicen…

Yo navegaba con mi tripulación rumbo a Inglaterra, de vuelta a casa, orgullosos por haber conseguido un valioso botín que despilfarraríamos en cuanto pisásemos tierra. Nuestra labor era saquear cada barco mercantil que encontrásemos a nuestro paso y gastar todo el oro en alcohol y mujeres al llegar a puerto.

Nos adentramos en la oscuridad de la noche, no se veían la luna ni las estrellas. La tripulación cantaba y brindaba en cubierta. Bailaban de proa a popa. De estribor a babor. Olía a ron y a sal. Yo me sentía satisfecho. Todos adoraban a su capitán. Era una noche de celebración y estábamos llegando a tierra.

Pero, de repente, se desató una terrible tormenta. Todos ocuparon sus posiciones. “¡Arriad las velas!”, gritaban. El barco se movía al son del oleaje. Los rayos caían en picado. Los truenos resonaban por todo el cielo. La lluvia empapaba a mis hombres. La espuma inundaba el suelo. Y, entonces, comenzó a sonar una hermosa melodía. Cánticos inmaculados retumbaban en nuestras cabezas y nos conducían hacia la barandilla. Eran terriblemente dulces y cautivadores. Todos acabamos ensimismados. En un abrir y cerrar de ojos me encontraba sumido en el oleaje. Intentaba respirar pero no podía. Cogí una bocanada de aire y llené de oxígeno mis pulmones antes de que el mar me engullese. Se ausentó toda esperanza y simplemente me dejé llevar.

Pero sentí que una fuerza tiraba de mí hacia arriba. Abrí los ojos y vi un aura dorada y púrpura y unos enormes ojos de color añil. Y, al instante, todo se oscureció. Desperté bajo la luz del alba en la orilla del mar. Notaba el leve cosquilleo de las olas en los dedos de los pies y al mover la cabeza una punzada de dolor recorrió toda mi espalda. Intenté que mis ojos se fuesen acostumbrando a la luz e intenté incorporarme poco a poco. Vi a varios de mis hombres acostados boca arriba a lo largo de toda la playa. “Gracias a los dioses que están bien” – pensé cuando vi que respiraban.

Acto seguido, miré hacia el mar con urgencia, esperando encontrar mi navío, pero ni rastro de él. Pero vi algo que me asombró encima de unas rocas. Era una hermosa mujer observándome. Me apresuré a nadar en busca de aquella joven que parecía haberse quedado atrapada en aquella roca cuando subió la marea. Pero al llegar allí me fascinó lo que vi. Era una mujer, sin duda la más bella que había visto jamás. Pero tenía medio cuerpo de pez. Había oído hablar de las sirenas, pero nunca había visto una. Sus escamas relucían a la luz del sol. Y sus ojos añiles me embriagaron. Y, de repente, recordé todas aquellas historias que me habían contado acerca de ellas. Me asusté y saqué mi puñal causa de un acto reflejo. Ella no cambió su semblante, parecía no asustarla, siguió ahí, inmóvil. Me acerqué con cuidado y alargué la mano para acariciar su piel pero ella se lanzó al agua, se sumergió poco a poco y se perdió en ella.

Regresé a la orilla donde mis hombres comenzaban a despertar. Todos dieron la misma versión. Voces, agua, infinidad de colores y, después, oscuridad. Mi oficial llegó corriendo, avisándome de que mi barco estaba al otro lado del acantilado. Al llegar allí observamos mi majestuosa embarcación flotando en las aguas sin un solo rasguño, indemne. Milagro. Cuando subimos a bordo encontramos el botín robado hacía algunas horas. Segundo milagro. Mi tripulación volvió a estallar en aullidos de alegría y sacaron de nuevo más barriles de ron. Pero yo no bebí. Yo seguía pensando en aquellos ojos.

Pregunté en cada taberna a la que entramos, a cada marinero que encontraba sobre las sirenas. Todos decían lo mismo. “Criaturas malvadas que seducen a los navegantes para guiarlos a su perdición”.  Mi cabeza admitía aquellas afirmaciones pero mi corazón no lo tenía tan claro. Quería averiguar la verdad, así que me dispuse a ir al arrecife y dejé a mis hombres en el barco a regañadientes.












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La dama errante.

3/11/14

Allá lejos, muy lejos, inalcanzable… Luz que ilumina el camino de los hombres o les interna en la más atestada oscuridad. Tan adorada y, a la vez, olvidada. Hermosa como ninguna. Cautivadora y melancólica.  Serena e impasible. Hipnótica y sedante. Única. 

Llora a su amado en el silencio de sus sombras. Un amor sometido a la cruel maldición de estar distanciados. Cede su lugar a la llama y al destello, regresando cada mañana a su edén de tristeza. Vuelve a resurgir cada noche, deleitándose con la compañía de las estrellas. Deambula versátil en su larga vigilia, ilusionada y esperanzada aguardando una metamorfosis. Desterrada en sus delirios. Mística gloria perdida en desvarío.

Envuelta en su pureza. Desprendiendo un tenue brillo inmaculado. Enamoraba al hombre con sus caricias de luz distante. Era embelesada por sus palabras, melodías y promesas. Escuchaba los cánticos bajo sus pensamientos. Todos ellos eran eclipsados por el deseo. Deseo por el que el alma ansiaba vislumbrar tan siquiera un atisbo de su eterna hermosura. Aspirando a apagar su taciturna existencia. Bienaventurado aquél que lo consiguiera.

Pocos quedan que puedan desempeñar tal hazaña. Pocos son los que la cubren con versos, y con su alma la esperan. Pocos son los que con sus humildes palabras la anhelan. Pocos son aquellos que hacen volar sus romances, pues hoy existen distintas formas de amarse.  Ya no existe ese amor de antes. Ya no quedan aquellos apasionados amantes. Sin embargo, el alma de la dama errante sigue amando, acechante.

Ya no es la que era. Habiendo presenciado con sus ojos azules, reflejo del mar, el caos y la reconstrucción incesante. Mírala… sola. Roto está su corazón de cristal. Mientras el hombre está rodeado de otros corazones que no aprecia. Mírala… sola. Ya no es de nadie. Alumbra sueños. Amontona misterios, que ya no cuenta a nadie.

¿Dónde quedaron los poetas, que con sus voces la alzaban al cielo? ¿Dónde quedaron los poetas que pintaban sus lágrimas y las entregaban al viento? ¿Dónde quedaron los poetas que la construían castillos para robarla el aliento?


Mírala, allá, sola. Nuestro reflejo. 



Sara.

¿Crees en los fantasmas?

1/11/14


Me llamo Darío. Y creo en los fantasmas. ¿Por qué? Os contaré mi historia.

Siempre he sido un chico solitario. Nunca he tenido muchos amigos. De hecho nunca he tenido un amigo… que yo recuerde. En el instituto todo el mundo me ignoraba. No sabía la razón. Es más, nadie cruzaba miradas conmigo. Cada grupo estaba perfectamente formado. No había sitio para nadie más. No había sitio para mí. Me sentaba al final de la clase, acomplejado. Mientras todos reían, se abrazaban, chismorreaban… yo iba directamente a mi taquilla. El pasillo se me hacía eterno. Resumiendo, era el “rarito”.

Sin embargo, en el último curso, alguien reparó en mí, Amanda. Yo estaba sentado en mi mesa al final del aula y ella entró por la puerta. Durante unos segundos me miró. Nuestras miradas se cruzaron. Fue un momento mágico. Y entonces vi al resto de mis compañeros entrar detrás de ella. Como depredadores siguiendo a su presa. Era la chica nueva y, además, muy atractiva. No pude evitar sentir celos.

Pasaban los días y seguíamos mirándonos. Así que, me armé de valor y la escribí una nota con mi número de móvil que dejé en su cuaderno. Esa misma tarde recibí un mensaje suyo. Y entablamos una conversación. Mi primera conversación con alguien. Me contó acerca de sus aficiones, su comida favorita, qué música la gustaba… Y entonces me preguntó a mí, y sorprendentemente no supe qué responder. Como nunca había tenido amigos no practicaba ningún deporte, ni estaba apuntado a actividades extraescolares… Tampoco me gustaba la lectura, ni el cine… ¿Qué me gustaba? Ella.

Sin embargo, en el instituto no nos dirigíamos la palabra, tan solo miradas furtivas. Alguna vez intenté rozar su pelo o su chaqueta en el pasillo, pero siempre se alejaba. Por las tardes me contaba muchas cosas acerca de su vida. Con eso me bastaba. Pero esas conversaciones pronto me dieron que pensar.

Un día, me escribió un mensaje. Quería que nos viéramos en un parque. Así que allí fui, media hora antes de lo previsto. Nunca había estado más nervioso. Me sudaban las manos. Me ardía la cara… Y, entonces, apareció. Pero nunca imaginé que se acercaba el final.
-          Creo que es mejor que dejemos de hablar.
-          ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
-          Tengo miedo.
-          ¿Miedo?
-          Siento algo por ti… Pero es imposible.

Un impulso hizo que me acercase a ella y alcé mi mano para acariciarla la mejilla, sin embargo, aquella vez tampoco pude. Entonces se fue corriendo. Dejándome ahí. Con el corazón en el puño. Estuve días pensando en qué habría querido decir. Esperé mensajes suyos. Nunca contestó. La esperé en la estrada del instituto pero no apareció. Pensé que nadie sería capaz de enamorarse de un tipo raro como yo y asumí ese final.

Volvió al instituto días más tarde. Evitaba mirarme. Escuché la conversación que tenía con sus amigos acerca del día de Halloween. Pensaban ir al cementerio esa noche, disfrazados a contar historias de miedo. Algunos comenzaron a poner excusas… “Lástima, porque a mí me gustan los chicos valientes”, dijo. Y, entonces, me miró. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y supe que era mi oportunidad de demostrarla que era su chico.

Por ello, me disfracé y me dirigí esa noche al cementerio. Cuando llegué todo estaba oscuro, no se oía nada. Estaba aterrorizado pero tenía que hacerlo, por ella. Entonces les escuché, entre gritos y risas, y seguí esas voces. Estaban en lo más profundo de aquel lugar, sentados en círculo. Habían encendido velas y las habían colocado sobre las lápidas. Había disfraces de todo tipo. Pero yo solo la vi a ella. Estaban contando historias de fantasmas. Veía caras atemorizadas. Pero, ¿quién creía en fantasmas?

Amanda me miró y se levantó. Vino andando hacia mí. Parecía muy asustada. “Sígueme”- me dijo. La seguí. Mi corazón no dejaba de latir. “¿Estás bien?”- la pregunté. Pero no contestó. Parecía realmente inquieta. “¿No creerás de verdad las historias de fantasmas?” Entonces, ella se giró bruscamente. Tenía los ojos llorosos y giró su cabeza hacia una lápida.

Seguí la dirección de su mirada y entonces lo vi. Mi mundo comenzó a tambalearse. Me sentía realmente confundido. Ella se acercó a mí. Y me acarició la mano. Pero no sentí absolutamente nada. Intenté tocarla pero ninguno de los dos podíamos sentirlo. “¿Qué significa todo esto?”- pregunté. Y volví a mirar esa lápida. Mi lápida… ¿Estaba muerto? ¿Era una broma?

Me confesó que una mañana se acercó a mi mesa con intención de esperarme y que la dijeron que nadie se había vuelto a sentar ahí desde hacía años, que pertenecía a un alumno que murió, Darío. Entonces investigó y se dio cuenta de que era cierto. Esa tarde fue el día que quedamos en el parque. Pero ya era demasiado tarde. Nos habíamos enamorado.

Yo estaba atónito. No sabía dónde estaba ni quién era. Y, entonces, sonaron las campanas de la iglesia dando las doce. El rostro de Amanda cambió por completo. En sus ojos brilló un atisbo de esperanza. “Ya es media noche”- susurró. Y se fue acercando poco a poco a mí. Entonces, alargó su brazo y me acarició. Me tocó. Lo sentí, al igual que ella. Yo no podía dar crédito a todo aquello, pero ella parecía satisfecha, sonreía como nunca la había visto. Entrelazamos nuestros dedos. Fue una sensación increíble que me hizo olvidar toda aquella locura. Nos miramos y se fue acercando más y más. Sentí su aliento entrecortado en mi barbilla. Y llegó. Un beso. Volví a sentir calidez.

Esa noche la pasamos juntos contemplando las estrellas. Cuando amaneció volví a ser lo que era. Un alma. Durante todo un año estuve recordando mi vida pasada, mi historia. Y ella siguió a mi lado, ayudándome a recordar. Y, desde entonces, cada 31 de Octubre, a media noche, nos reunimos para volver a sentirnos. El único momento del año en el que vuelvo a ser una persona de carne y hueso.


Soy Darío. Y creo en los fantasmas.